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Página 2 de 4 Desde la Colonia, por allá a mediados de 1500, llegaron los españoles a explotar el oro y con ellos los primeros esclavos. Luego, incluso después de la independencia todo fue para los líderes que siguieron explotando la mano de obra de las comunidades negras. Ya en este siglo el turno fue para las grandes compañías multinacionales como la Chocó Pacifico que en casi 70 años extrajo miles de millones de pesos en oro y platino. Actualmente no todo ha cambiado pues muchos foráneos equipados con retroexcavadoras sacan grandes cantidades de metales preciosos dejando sólo la devastación del ambiente a su paso, trasladándose cada vez que un yacimiento se agota, sin preocuparse por reparar mínimamente los daños causados. A pesar de esto un grupo de 150 unidades familiares dedicadas a la minería, con un promedio de 7 miembros cada una, ha unido esfuerzos con el apoyo de organizaciones de la sociedad civil para que la historia cambie. A pesar de que desde la década de los 70 surgieron varios movimientos y organizaciones afro que luchaban por sus derechos, el inicio de la extracción de Oro Verde sólo fue posible gracias a los cambios que trajo la promulgación de la Constitución de 1991, en cuya elaboración participaron amplios sectores de la sociedad. Aunque las negritudes no tuvieron un espacio propio de participación, como si lo tuvieron los indígenas, a través de ellos pudieron defender sus intereses logrando la consagración del carácter pluriétnico y multicultural de la Nación y los derechos de las minorías. Uno de estos derechos y tal vez el que más valoran estas comunidades tan apegadas a su territorio fue el derecho de propiedad colectiva sobre grandes extensiones baldías que pertenecían al Estado y que gracias a la ley 70, pasaron bajo el control administrativo de las comunidades. Este control en cabeza de los nativos facilitó considerablemente la implementación de técnicas responsables. Los Consejos Mayores Comunitarios, entes encargados de la administración y el control del uso de estas propiedades colectivas fueron puente fundamental con las comunidades de Condoto y Tadó, municipios con fuerte tradición minera.
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